En
la actualidad existen muchas personas que se abstienen de dar su opinión o su
punto de vista sobre determinados temas, bien sea por miedo o por
desinformación, y esta acción de abstenerse, implica entonces someterse a lo
que aquellos que sí hablan, deciden que se debe hacer, pensar o decir; pero
además se presenta también el caso contrario en el que los que sí hablan, pocas
veces escuchan, desconociendo así la integridad, la identidad y la posición del
otro como sujeto perteneciente a un grupo social, y que como tal merece ser
escuchado, pero también desconociendo sus deberes propios como sujeto que debe
escuchar, reconocer y tener en cuenta a ese ‘‘otro’’ que es diferente de sí
mismo.
Podríamos
preguntarnos entonces, qué papel está cumpliendo la escuela en la formación de
este tipo de ciudadanos, y llegar a la conclusión de que la escuela más que
educar para la emancipación, parece que educara para la represión, y que esto
comienza desde las prácticas comunicativas que se presentan en el aula como
espacio físico y de interacción social.
En
este orden de ideas, no es extraño ver aulas de clase en las que como lo
indican Edwards Y Mercer (1988) se presenta le ley
de los dos tercios: dos tercios del tiempo habla el docente y un tercio los
estudiantes, pero que además en ese corto tiempo que tienen los estudiantes
para dar su opinión, no son del todo libres de decir lo que piensan, lo que
saben o lo que se les dificulta, pues en la mayoría de los casos, los
estudiantes se encuentran limitados por las formas de hablar, de dirigirse a la
autoridad o a los pares, pero también por el ambiente que se genera en el aula,
o en palabras de Amparo Tusón (1996) , los estudiantes se
encuentran limitados por la clave, los instrumentos, la situación y las normas
del hecho comunicativo, es decir, sí desde un principio se ha establecido que
lo que se habla en clase es ‘‘la verdad y nada más que la verdad’’, el estudiante
tendrá permanentemente el miedo a equivocarse, por lo cual evitará al máximo
participar u opinar, de modo que pueda reducir el riesgo al ridículo o la
desaprobación, o también probablemente, el estudiante tienda a quedarse
callado, ya que asume que su opinión no es válida frente a la opinión de su
profesor, el cual es poseedor de la ‘‘verdad absoluta’’.
Pero
así como se presenta el caso anterior, también se puede dar el caso de profesores
que anulan la voz de sus estudiantes, si por ejemplo para tomar una decisión
grupal, ésta se somete a votación, se supone que la opción más votada es
aquella que corresponde a la decisión, lo cual desconoce e ignora la voz de esa
minoría que pensó diferente, en este caso específico, no se incluye la opinión
de la minoría, por lo cual se da a entender implícitamente que la mayoría son
los que ‘‘existen y tienen derecho a hablar’’ y que la minoría deben limitarse
a escuchar a los que hablan, y someterse a lo que ellos digan.
Pero…
y qué tiene que ver todo esto con el planteamiento inicial?, pues bien, si
tenemos que desde pequeños en la escuela, nos han acostumbrado a callar, a
guardar nuestras opiniones y sentimientos, y a someternos a las decisiones que toman las grandes
mayorías, no es extraño que esto repercuta más adelante en nuestra vida como
ciudadanos, y que por tanto nos limitemos a aceptar lo que otros nos impongan,
sin ni siquiera cuestionarnos u oponernos a dicho tratamiento, y que aun
conociendo nuestros derechos como miembros de una comunidad, y sintiendo que éstos
han sido violados de una u otra manera, nos resignamos a que otros hagan por
nosotros lo que nosotros mismos no hacemos, y seguimos esperando a que esa gran
mayoría que ‘‘sí existe’’, nos diga qué hacer, qué pensar o qué decir.
Por
estas razones considero que realmente la escuela no permite la construcción de
una voz ciudadana, y que para lograrlo tendría que, en primer lugar poner en
funcionamiento los principios de la escuela activa, cambiar la concepción que
se tiene sobre el rol del estudiante como receptor del conocimiento y el rol
del profesor como poseedor del mismo, para pasar a una concepción, en la que
tanto profesor como estudiante sean partícipes y activos en la construcción
colectiva del conocimiento y que todos tengan voz y voto dentro de esa
micro-comunidad que es en un comienzo la escuela.
Referencias Bibliográficas
Edwards, & Mercer. (1988). ¿Quién habla en el aula?
¿para qué se habla? ¿cómo se habla? Aprendiendo a analizar el habla en las
aulas. En Guía para el nucleo teorías del lenguaje.
Tusón, A. (1996).
Iguales ante la lengua, desiguales en el uso. Bases sociolingüísticas para el
desarrollo discursivo. En Guía para el nucleo Teorías del Lenguaje.
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