sábado, 14 de diciembre de 2013

¿La escuela actual permite la construcción de la voz ciudadana?

En la actualidad existen muchas personas que se abstienen de dar su opinión o su punto de vista sobre determinados temas, bien sea por miedo o por desinformación, y esta acción de abstenerse, implica entonces someterse a lo que aquellos que sí hablan, deciden que se debe hacer, pensar o decir; pero además se presenta también el caso contrario en el que los que sí hablan, pocas veces escuchan, desconociendo así la integridad, la identidad y la posición del otro como sujeto perteneciente a un grupo social, y que como tal merece ser escuchado, pero también desconociendo sus deberes propios como sujeto que debe escuchar, reconocer y tener en cuenta a ese ‘‘otro’’ que es diferente de sí mismo.

Podríamos preguntarnos entonces, qué papel está cumpliendo la escuela en la formación de este tipo de ciudadanos, y llegar a la conclusión de que la escuela más que educar para la emancipación, parece que educara para la represión, y que esto comienza desde las prácticas comunicativas que se presentan en el aula como espacio físico y de interacción social.

En este orden de ideas, no es extraño ver aulas de clase en las que como lo indican Edwards Y Mercer (1988) se presenta le ley de los dos tercios: dos tercios del tiempo habla el docente y un tercio los estudiantes, pero que además en ese corto tiempo que tienen los estudiantes para dar su opinión, no son del todo libres de decir lo que piensan, lo que saben o lo que se les dificulta, pues en la mayoría de los casos, los estudiantes se encuentran limitados por las formas de hablar, de dirigirse a la autoridad o a los pares, pero también por el ambiente que se genera en el aula, o en palabras de Amparo Tusón (1996), los estudiantes se encuentran limitados por la clave, los instrumentos, la situación y las normas del hecho comunicativo, es decir, sí desde un principio se ha establecido que lo que se habla en clase es ‘‘la verdad y nada más que la verdad’’, el estudiante tendrá permanentemente el miedo a equivocarse, por lo cual evitará al máximo participar u opinar, de modo que pueda reducir el riesgo al ridículo o la desaprobación, o también probablemente, el estudiante tienda a quedarse callado, ya que asume que su opinión no es válida frente a la opinión de su profesor, el cual es poseedor de la ‘‘verdad absoluta’’.

Pero así como se presenta el caso anterior, también se puede dar el caso de profesores que anulan la voz de sus estudiantes, si por ejemplo para tomar una decisión grupal, ésta se somete a votación, se supone que la opción más votada es aquella que corresponde a la decisión, lo cual desconoce e ignora la voz de esa minoría que pensó diferente, en este caso específico, no se incluye la opinión de la minoría, por lo cual se da a entender implícitamente que la mayoría son los que ‘‘existen y tienen derecho a hablar’’ y que la minoría deben limitarse a escuchar a los que hablan, y someterse a lo que ellos digan.

Pero… y qué tiene que ver todo esto con el planteamiento inicial?, pues bien, si tenemos que desde pequeños en la escuela, nos han acostumbrado a callar, a guardar nuestras opiniones y sentimientos, y a someternos  a las decisiones que toman las grandes mayorías, no es extraño que esto repercuta más adelante en nuestra vida como ciudadanos, y que por tanto nos limitemos a aceptar lo que otros nos impongan, sin ni siquiera cuestionarnos u oponernos a dicho tratamiento, y que aun conociendo nuestros derechos como miembros de una comunidad, y sintiendo que éstos han sido violados de una u otra manera, nos resignamos a que otros hagan por nosotros lo que nosotros mismos no hacemos, y seguimos esperando a que esa gran mayoría que ‘‘sí existe’’, nos diga qué hacer, qué pensar o qué decir.

Por estas razones considero que realmente la escuela no permite la construcción de una voz ciudadana, y que para lograrlo tendría que, en primer lugar poner en funcionamiento los principios de la escuela activa, cambiar la concepción que se tiene sobre el rol del estudiante como receptor del conocimiento y el rol del profesor como poseedor del mismo, para pasar a una concepción, en la que tanto profesor como estudiante sean partícipes y activos en la construcción colectiva del conocimiento y que todos tengan voz y voto dentro de esa micro-comunidad que es en un comienzo la escuela.


Referencias Bibliográficas

Edwards, & Mercer. (1988). ¿Quién habla en el aula? ¿para qué se habla? ¿cómo se habla? Aprendiendo a analizar el habla en las aulas. En Guía para el nucleo teorías del lenguaje.

Tusón, A. (1996). Iguales ante la lengua, desiguales en el uso. Bases sociolingüísticas para el desarrollo discursivo. En Guía para el nucleo Teorías del Lenguaje.