Para
poder hablar de la ética y su
importancia en el ámbito escolar, es preciso primero definir qué entenderemos
por ética en este artículo, cuáles consideramos que son las actitudes éticas del
profesor consigo mismo, con sus estudiantes y con su contexto ético-político, y
cómo se ven reflejadas dichas actitudes en el ámbito escolar.
Tenemos
pues, que de acuerdo con los griegos, podemos entender la ética como el ‘‘cuidado
de sí mismo’’ y la ‘‘preocupación por sí mismo’’, y que de acuerdo con los
romanos y la nueva sociedad moderna, podemos entender la ética como un
imperativo orientado desde una visión teocentrista; no obstante, nos resulta
bastante difícil encontrar una definición absoluta de lo que es la ética, así
pues entenderemos este concepto, situándolo en el medio de las dos visiones
descritas, es decir, ética será el conjunto de normas de comportamiento, resultado
tanto de una imposición ideológica, política, social y cultural, como de una
decisión autónoma de cada quien al asumir determinados valores y principios
como propios.
En
este orden de ideas, podemos decir que la ética es una construcción cultural, y
que por tanto nos es difícil pensar en una ética universal, dado que no tenemos
una cultura universal, es decir, cada cultura ha asumido para sí misma,
determinados valores y principios éticos, y así también ha definido qué entender
como lo ‘‘bueno’’ y qué entender como lo ‘‘malo’’.
Pero
si nos situamos en el contexto de nuestra moderna sociedad occidental, independientemente de la cultura en la que nos
encontremos, el profesor, como persona, como profesor y como ciudadano, tiene o
debería tener, según mi criterio, determinadas actitudes éticas, las cuales veremos
de una manera más detallada a continuación, pero valga la pena aclarar, que
como no todos somos iguales, el hecho de que yo considere estas actitudes como
las adecuadas, no significa que sean las únicas, o las más precisas, pues como
ya lo mencione, cada quien define lo bueno y lo malo, de acuerdo con el
contexto en el que se encuentra.
En primer lugar,
analizaremos lo que yo considero deberían ser las actitudes éticas del profesor
consigo mismo, para ello retomaremos a Edgar Morin, quien nos plantea que todo
ser humano contempla en sí, el principio de exclusión y el principio de
inclusión, en el primero de estos se sitúa como centro del mundo, es egoísta y
lo da todo por sí mismo, y en el segundo sitúa en el centro un ‘‘nosotros’’ que
da todo de sí por los suyos.
Conforme con esta idea, considero
que una actitud ética del profesor consigo mismo, es aquella que contemple en
sí estos principios, pero más el de
inclusión que el de exclusión, pues pienso, que por encima del bien individual siempre
debe estar el bien común.
El profesor debería ser entonces, una persona responsable,
solidaria consigo mismo y con su comunidad, un ser que se respete y se ame a sí
mismo, y que como lo dice Morin, lleve en sí el imperativo de religación, que
relige y no desuna, o en otras palabras que sea un ser de luz y no de oscuridad,
fuente de amor y no de discordia, un ser justo, que tenga un pensamiento
complejo capaz de abrazar lo diverso y reunir lo separado, pero ante todo, un
ser capaz de incorporar sus ideas en su propia vida.
Habiendo determinado las actitudes éticas del profesor
consigo mismo, podemos pasar entonces, a las que yo considero deberían ser las
actitudes éticas del profesor como ciudadano perteneciente a una sociedad y un
contexto ético-político determinado, y encontrar de acuerdo con los
planteamientos de Morin, que se puede presentar un antagonismo entre la ética
de la sociedad y la ética del individuo, y que por tanto, el profesor debe
enfrentarse a un dilema: ¿responder a la ética social, o responder a la ética
individual?, es decir social y políticamente se puede establecer de manera
implícita el miedo, la represión, la obediencia y la formación de ciudadanos
dóciles, pero a nivel personal, el profesor puede autodeclararse como una
persona justa, inconforme con un sistema que irrespeta los derechos de sus
ciudadanos, y por tanto querer formar
unas personas con pensamiento crítico y reflexivo, que sean solidarias
con el prójimo y que actúen en pro del bienestar colectivo, generando así una
contradicción entre lo que su contexto socio-político le impone y le exige que
haga, y lo que él como persona autónoma ha decidido hacer basándose en su
definición personal de lo bueno y lo malo.
De acuerdo con lo anterior,
considero entonces que el profesor debe
ser un sujeto justo, que no reproduzca el miedo, porque el miedo como lo
plantea Morin, es fuente de odio y el odio a su vez es fuente de incomprensión;
un sujeto que actúe en pro de una buena sociedad, una sociedad compleja, que
comporte más religación, más comprensión, entendida esta última no como
abstenerse de juzgar, ni de actuar, si no como el reconocer que incluso los
autores de crímenes o infamias también son seres humanos, y que por tanto
merecen un trato humano; un sujeto que perdone y no se mueva a favor de la
venganza y la ley del Tailón, o
reproduzca los paradigmas de dominación, de explotación y de desprecio.
Por último y ya
para situarnos en el ámbito escolar, quiero hacer referencia a las actitudes
éticas que considero debe tener el profesor con sus estudiantes, para lo cual
tendré en cuenta otro de los planteamientos de Edgar Morin sobre el pensamiento
complejo, el bien pensar y el mal pensar.
Tenemos pues, que actualmente
nuestro sistema educativo, es un sistema que enfatiza en el mal pensar, es
decir, parcela y tabica los conocimientos, tiende a ignorar los contextos, no
ve la diversidad en la unión, ni la unión en la diversidad, olvida el pasado,
privilegia lo cuantificable y elimina todo lo que el cálculo ignora, como la
vida, la emoción, la pasión, la desgracia, la felicidad, etc. ; un sistema
educativo fundado en la separación: separación de los saberes, de las
disciplinas y de las ciencias, lo cual
produce mentes incapaces de religar los conocimientos, de reconocer los
problemas globales y fundamentales, y de aceptar los desafíos de la complejidad.
En este orden de ideas,
considero que el profesor debe apuntarle a todo lo contrario, es decir debe ser
un profesor que reconozca que, como lo dice Morin, ‘‘la racionalidad sola, la
objetividad sola y la cuantificación sola, ignoran la comprensión subjetiva y
eliminan de su conocimiento la humanidad de lo humano’’, es decir, debe ser un
profesor que en sus clases tenga en cuenta tanto la racionalidad como la
emotividad, un profesor que contribuya a la religación de los conocimientos,
pues la atomización del saber hace incapaz de concebir un todo cuyos elementos
son solidarios y contribuye
poderosamente a la pérdida de la visión o concepción de conjunto, pues las
mentes encerradas en su disciplina no pueden aprehender las solidaridades que
unen entre sí los conocimientos.
Debe ser un profesor que no
abuse de su poder como autoridad, que escuche a sus estudiantes y respete sus
opiniones, es decir, que como lo plantea Carlos Lenkersdorf, escuche desde la
perspectiva del que está hablando y respete su particularidad, lo que implica
que deje a un lado esa actitud que pretende que ya lo sabe todo, pues ésta es
una manera de no querer escuchar; un
profesor que integre y reconozca la diversidad, la heterogeneidad y las
necesidades e intereses de sus estudiantes, pero que como lo plantea el subcomandante
insurgente Marcos, no sólo se limite a reconocer esa diversidad, sino que la
respete y no pretenda cambiarla o adaptarla a su perspectiva propia, es decir
que no pretenda homogenizar el pensamiento, si no que construya espacios que
permitan llegar a un consenso a partir de diferentes puntos de vista, con la
intención entonces, de generar ese pensamiento complejo del que tanto nos habla
Morin; un profesor que enseñe con el
ejemplo, y que sea consciente de que el conocimiento puede ser puesto al
servicio de la manipulación, motivo por el cual se sienta impulsado a enseñar
los conocimientos atados a un contexto, reflexionando siempre sobre las
consecuencias tanto positivas como negativas que éste puede traer consigo, y
sobre la relatividad del mismo, es decir un profesor que no pretenda enseñar
una verdad absoluta, si no que les dé a sus estudiantes la posibilidad de
pensar y opinar, pero sobre todo de ser partícipes en la construcción colectiva
del conocimiento y en su proceso de aprendizaje.
Todas estas actitudes del
profesor consigo mismo, con sus estudiantes y con su contexto ético-político,
se ven reflejadas en la vida de los estudiantes, de sus familias y de la
sociedad como tal, pues a mi juicio, lo que finalmente debe propiciar la ética
desde la educación, es la construcción de lo que Ivan Illich denominaría una
comunidad de sentido, es decir, una
comunidad solidaria y sensible para con el dolor del otro, respetuosa y
diversa, que no sea individualista, es decir, que no use lo que sabe como una
herramienta para destruir al otro y pasarle por encima, sino como una
herramienta para aprender con el otro y del otro, buscando siempre el bien
común, de ahí la importancia de la ética docente en el ámbito escolar.
Referencias Bibliográficas
Illich, Ivan. (1985). La sociedad desescolarizada. Méxio, Barral editores.
Illich, Ivan. (1985). La sociedad desescolarizada. Méxio, Barral editores.
Lenkersdorf, Carlos (2008). Aprender a escuchar: Enseñanzas
Maya-Tojolabales. Editorial Plaza y Valdés.
Morin, Edgar. (2006). El método 6: la ética. España, editorial
Cátedra.
Pacheco, Julia; Marcos
(subcomandante insurgente). (2004). Relatos
del viejo Antonio: mitos contados por un mito. Ediciones Desde abajo.