martes, 24 de septiembre de 2013

La importancia de la ética docente en el ámbito escolar

Para poder hablar de la ética  y su importancia en el ámbito escolar, es preciso primero definir qué entenderemos por ética en este artículo, cuáles consideramos que son las actitudes éticas del profesor consigo mismo, con sus estudiantes y con su contexto ético-político, y cómo se ven reflejadas dichas actitudes en el ámbito escolar.

Tenemos pues, que de acuerdo con los griegos, podemos entender la ética como el ‘‘cuidado de sí mismo’’ y la ‘‘preocupación por sí mismo’’, y que de acuerdo con los romanos y la nueva sociedad moderna, podemos entender la ética como un imperativo orientado desde una visión teocentrista; no obstante, nos resulta bastante difícil encontrar una definición absoluta de lo que es la ética, así pues entenderemos este concepto, situándolo en el medio de las dos visiones descritas, es decir, ética será el conjunto de normas de comportamiento, resultado tanto de una imposición ideológica, política, social y cultural, como de una decisión autónoma de cada quien al asumir determinados valores y principios como propios.

En este orden de ideas, podemos decir que la ética es una construcción cultural, y que por tanto nos es difícil pensar en una ética universal, dado que no tenemos una cultura universal, es decir, cada cultura ha asumido para sí misma, determinados valores y principios éticos, y así también ha definido qué entender como lo ‘‘bueno’’ y qué entender como lo ‘‘malo’’.

Pero si nos situamos en el contexto de nuestra moderna sociedad occidental, independientemente de la cultura en la que nos encontremos, el profesor, como persona, como profesor y como ciudadano, tiene o debería tener, según mi criterio, determinadas actitudes éticas, las cuales veremos de una manera más detallada a continuación, pero valga la pena aclarar, que como no todos somos iguales, el hecho de que yo considere estas actitudes como las adecuadas, no significa que sean las únicas, o las más precisas, pues como ya lo mencione, cada quien define lo bueno y lo malo, de acuerdo con el contexto en el que se encuentra.

En primer lugar, analizaremos lo que yo considero deberían ser las actitudes éticas del profesor consigo mismo, para ello retomaremos a Edgar Morin, quien nos plantea que todo ser humano contempla en sí, el principio de exclusión y el principio de inclusión, en el primero de estos se sitúa como centro del mundo, es egoísta y lo da todo por sí mismo, y en el segundo sitúa en el centro un ‘‘nosotros’’ que da todo de sí por los suyos.

Conforme con esta idea, considero que una actitud ética del profesor consigo mismo, es aquella que contemple en sí  estos principios, pero más el de inclusión que el de exclusión, pues  pienso, que por encima del bien individual siempre debe estar el bien común.

El profesor debería ser entonces, una persona responsable, solidaria consigo mismo y con su comunidad, un ser que se respete y se ame a sí mismo, y que como lo dice Morin, lleve en sí el imperativo de religación, que relige y no desuna, o en otras palabras que sea un ser de luz y no de oscuridad, fuente de amor y no de discordia, un ser justo, que tenga un pensamiento complejo capaz de abrazar lo diverso y reunir lo separado, pero ante todo, un ser capaz de incorporar sus ideas en su propia vida.

Habiendo determinado las actitudes éticas del profesor consigo mismo, podemos pasar entonces, a las que yo considero deberían ser las actitudes éticas del profesor como ciudadano perteneciente a una sociedad y un contexto ético-político determinado, y encontrar de acuerdo con los planteamientos de Morin, que se puede presentar un antagonismo entre la ética de la sociedad y la ética del individuo, y que por tanto, el profesor debe enfrentarse a un dilema: ¿responder a la ética social, o responder a la ética individual?, es decir social y políticamente se puede establecer de manera implícita el miedo, la represión, la obediencia y la formación de ciudadanos dóciles, pero a nivel personal, el profesor puede autodeclararse como una persona justa, inconforme con un sistema que irrespeta los derechos de sus ciudadanos, y por tanto querer formar  unas personas con pensamiento crítico y reflexivo, que sean solidarias con el prójimo y que actúen en pro del bienestar colectivo, generando así una contradicción entre lo que su contexto socio-político le impone y le exige que haga, y lo que él como persona autónoma ha decidido hacer basándose en su definición personal de lo bueno y lo malo.

De acuerdo con lo anterior, considero entonces que el profesor  debe ser un sujeto justo, que no reproduzca el miedo, porque el miedo como lo plantea Morin, es fuente de odio y el odio a su vez es fuente de incomprensión; un sujeto que actúe en pro de una buena sociedad, una sociedad compleja, que comporte más religación, más comprensión, entendida esta última no como abstenerse de juzgar, ni de actuar, si no como el reconocer que incluso los autores de crímenes o infamias también son seres humanos, y que por tanto merecen un trato humano; un sujeto que perdone y no se mueva a favor de la venganza y la ley del Tailón, o  reproduzca los paradigmas de dominación, de explotación y de desprecio.

 Por último y ya para situarnos en el ámbito escolar, quiero hacer referencia a las actitudes éticas que considero debe tener el profesor con sus estudiantes, para lo cual tendré en cuenta otro de los planteamientos de Edgar Morin sobre el pensamiento complejo, el bien pensar y el mal pensar.

Tenemos pues, que actualmente nuestro sistema educativo, es un sistema que enfatiza en el mal pensar, es decir, parcela y tabica los conocimientos, tiende a ignorar los contextos, no ve la diversidad en la unión, ni la unión en la diversidad, olvida el pasado, privilegia lo cuantificable y elimina todo lo que el cálculo ignora, como la vida, la emoción, la pasión, la desgracia, la felicidad, etc. ; un sistema educativo fundado en la separación: separación de los saberes, de las disciplinas y de las ciencias,  lo cual produce mentes incapaces de religar los conocimientos, de reconocer los problemas globales y fundamentales, y de aceptar los desafíos de la complejidad.

En este orden de ideas, considero que el profesor debe apuntarle a todo lo contrario, es decir debe ser un profesor que reconozca que, como lo dice Morin, ‘‘la racionalidad sola, la objetividad sola y la cuantificación sola, ignoran la comprensión subjetiva y eliminan de su conocimiento la humanidad de lo humano’’, es decir, debe ser un profesor que en sus clases tenga en cuenta tanto la racionalidad como la emotividad, un profesor que contribuya a la religación de los conocimientos, pues la atomización del saber hace incapaz de concebir un todo cuyos elementos son solidarios  y contribuye poderosamente a la pérdida de la visión o concepción de conjunto, pues las mentes encerradas en su disciplina no pueden aprehender las solidaridades que unen entre sí los conocimientos.

Debe ser un profesor que no abuse de su poder como autoridad, que escuche a sus estudiantes y respete sus opiniones, es decir, que como lo plantea Carlos Lenkersdorf, escuche desde la perspectiva del que está hablando y respete su particularidad, lo que implica que deje a un lado esa actitud que pretende que ya lo sabe todo, pues ésta es una manera de no querer escuchar;  un profesor que integre y reconozca la diversidad, la heterogeneidad y las necesidades e intereses de sus estudiantes, pero que como lo plantea el subcomandante insurgente Marcos, no sólo se limite a reconocer esa diversidad, sino que la respete y no pretenda cambiarla o adaptarla a su perspectiva propia, es decir que no pretenda homogenizar el pensamiento, si no que construya espacios que permitan llegar a un consenso a partir de diferentes puntos de vista, con la intención entonces, de generar ese pensamiento complejo del que tanto nos habla Morin;  un profesor que enseñe con el ejemplo, y que sea consciente de que el conocimiento puede ser puesto al servicio de la manipulación, motivo por el cual se sienta impulsado a enseñar los conocimientos atados a un contexto, reflexionando siempre sobre las consecuencias tanto positivas como negativas que éste puede traer consigo, y sobre la relatividad del mismo, es decir un profesor que no pretenda enseñar una verdad absoluta, si no que les dé a sus estudiantes la posibilidad de pensar y opinar, pero sobre todo de ser partícipes en la construcción colectiva del conocimiento y en su proceso de aprendizaje.

Todas estas actitudes del profesor consigo mismo, con sus estudiantes y con su contexto ético-político, se ven reflejadas en la vida de los estudiantes, de sus familias y de la sociedad como tal, pues a mi juicio, lo que finalmente debe propiciar la ética desde la educación, es la construcción de lo que Ivan Illich denominaría una comunidad de sentido,  es decir, una comunidad solidaria y sensible para con el dolor del otro, respetuosa y diversa, que no sea individualista, es decir, que no use lo que sabe como una herramienta para destruir al otro y pasarle por encima, sino como una herramienta para aprender con el otro y del otro, buscando siempre el bien común, de ahí la importancia de la ética docente en el ámbito escolar.


Referencias Bibliográficas

Illich, Ivan. (1985). La sociedad desescolarizada. Méxio, Barral editores.

Lenkersdorf, Carlos (2008). Aprender a escuchar: Enseñanzas Maya-Tojolabales. Editorial Plaza y Valdés.

Morin, Edgar. (2006). El método 6: la ética. España, editorial Cátedra.

Pacheco, Julia; Marcos (subcomandante insurgente). (2004). Relatos del viejo Antonio: mitos contados por un mito. Ediciones Desde abajo.